Por: Vicente Rojas | 23/03/2026
La universidad está en el centro del debate cuando hablamos de movimiento estudiantil, la Universidad de Chile, que alguna vez fue motor movilizador de grandes procesos sociales hoy ni siquiera llega a quórum para tener federación, por otro lado, la Universidad Católica, histórico bastión del gremialismo, es arrebatada por una lista disidente a lo que se podría esperar de la UC, sin embargo, en todo este debate ¿Dónde quedan los secundarios? El estancamiento es ya tan fuerte, que se desplazó completamente del debate al movimiento secundario, se discute únicamente lo poco y nada que queda del universitario, la organización de los “pingüinos” ya se dio por pérdida.
La despolitización de los jóvenes, su apatía frente al colectivo gana espacio rápidamente en un mundo globalizado, donde las chapas identitarias son más importantes que pensar en comunidad, el “yo” es más importante que el “nosotros”, permeado por el inherente individualismo que profesa el modelo en el que estamos sumidos, en los debates presidenciales la educación parece no ser un problema, se toca para hablar de “ideología de género”, o educación a los penitenciarios ¿Dónde quedaron las demandas por una educación digna y de calidad? ¿Acaso ya no es problema el desfinanciamiento de los liceos públicos? ¿Y dónde están los Centros de Estudiantes frente a este escenario aplastante?
Lo cierto es que por una parte, la voluntad de hacer cambios está difusa en una orgánica que es insuficiente, los Centros de Estudiantes antes funcionaban pues se tenía grandes masas que sobrepasaban sus límites, sin embargo hoy, que esa masa no respalda, nos damos cuenta que nuestro marco institucional no responde a la realidad, hemos descubierto su fragilidad, no se tiene real capacidad de acción en ningún sentido de la vida estudiantil, la tramitación para obtener personalidad jurídica es larga y engorrosa, los equipos directivos son déspotas, los mecanismos son consultivos mas no resolutivos, y por último tenemos a los dirigentes estudiantiles atacados por la opinión pública como violentistas.
Los actuales dirigentes del país, las más altas magistraturas del gobierno pasaron de caminar los pasillos de las aulas, a los pasillos de La Moneda, pero no han entregado ni luces de levantar banderas por la educación, y si lo han hecho, ha sido como acto simbólico, casi redentor, para hacer una vista a la memoria que los trajo hasta sus oficinas, más que para proponer cambio real.
Reconstruir el movimiento estudiantil requiere reconocer su estancamiento y comprender por qué es vital fortalecer el movimiento secundario. Cuando los espacios no son disputados, otros deciden por nosotros, y esas decisiones suelen ir en nuestra contra. Abandonar la educación como campo de acción ha permitido el desfinanciamiento de la educación pública, la malversación de recursos estatales y la formación de jóvenes que no cuestionan el orden establecido o carecen de herramientas para hacerlo. Debemos primero saber que el movimiento no son dirigentes, fueron los de la primera línea de la marcha los que hoy no dan ni un susurro por la educación, es por esto que la reconstrucción del movimiento secundario debe partir de sus bases, atendiendo las necesidades locales de los establecimientos, con un programa y proyecto nacional, se trata de pelear los Centros de Estudiantes, crear federaciones y redes, actuar coordinadamente y crear comunidad estudiantil no solo en el propio establecimiento, sino en conexión con toda tu comuna.
Una comunidad estudiantil cohesionada es aquella que es capaz de ver más allá de uniformes y cercas institucionales, que se preocupa por su colegio o liceo vecino, que es capaz de crear lazos en lo más mínimo, en la interacción, que es capaz de actuar coordinadamente por causas en común, y con solidaridad frente a sus pares.
Esta actitud en sociedad, junto con la necesidad urgente de reorganizar nuestras demandas y reformar nuestros marcos institucionales, harán posible que tomemos el cielo por asalto.
Volviendo a poner sobre la mesa el discurso de lo colectivo, de la solidaridad, y de la fraternidad con un nuevo lenguaje, volveremos a combatir la hegemonía individualista y formaremos generaciones capaces de no estancarse: no estancarse en el Estado, no estancarse en los puestos de poder, no estancarse en el devenir social.
Los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.