Por: Vicente Eyzaguirre | 16/03/2026
Durante siglos, los reyes gobernaron por derecho divino y los imperios conquistaron territorios en nombre de sus dioses. Creíamos que la modernidad y la consolidación de los Estados laicos habían enterrado definitivamente esa mezcla peligrosa entre fe y poder político. Daba la impresión de que habíamos dejado atrás la lógica del dogma para avanzar hacia una democracia basada en la deliberación y el debate público. Sin embargo, nos equivocamos: el mundo del siglo XXI está experimentando el inquietante retorno del fanatismo a la política
El fanatismo no siempre adopta una forma religiosa, pero sí reproduce muchas veces su misma lógica. Hoy existen líderes y movimientos políticos que se presentan como portadores de una verdad absoluta, como si representaran el único camino posible. Sus seguidores, por su parte, los defienden con una devoción que muchas veces se parece más a la fe que a la deliberación democrática.
Figuras como Donald Trump en Estados Unidos o Javier Milei en Argentina han construido liderazgos profundamente identitarios, donde la adhesión política se expresa casi como una pertenencia doctrinaria. En Chile el fenómeno también encuentra ecos en ciertos sectores, con liderazgos como el de José Antonio Kast y su equipo de gobierno, que muchas veces parecen representar más una causa moral que un proyecto político concreto.
Pero este fenómeno no se limita a Occidente. En países como Irán el poder político se articula directamente a partir de la autoridad religiosa, funcionando bajo normas doctrinarias. Esto se vuelve todavía más evidente cuando observamos conflictos donde no solo se enfrentan intereses políticos, sino también visiones absolutas del mundo. En escenarios como la tensión entre Irán y Estados Unidos, la lógica deja de ser la del adversario político para convertirse en la del rival absoluto. Quien no es aliado pasa a ser enemigo.
Ahí aparece lo que considero el mayor problema del fanatismo político. Cambia la naturaleza del debate público. Cuando la política se vuelve una cuestión de fe, el adversario deja de ser un rival legítimo y pasa a convertirse en un enemigo moral. Las lógicas democráticas del disenso empiezan a ser reemplazadas por lógicas de trincheras. Las democracias modernas existen justamente para evitar esto. El pluralismo, la tolerancia y el disenso son herramientas pensadas para impedir que una sola verdad –religiosa, ideológica o cultural– se imponga sobre toda la sociedad. Sin embargo, el auge de discursos radicales y liderazgos cada vez más polarizantes demuestra que esa conquista nunca está completamente asegurada.
Tal vez el desafío político de nuestro tiempo no sea solo defender las instituciones democráticas, sino también evitar la erosión de la democracia desde dentro. Porque las democracias no mueren únicamente cuando se destruyen sus instituciones. A veces empiezan a deteriorarse mucho antes, cuando las sociedades dejan de discutir y comienzan simplemente a creer. Cuando la política se convierte en una religión, la democracia inevitablemente termina buscando herejes.