Por: Sofía Vásquez | 07/09/2026
Vivimos en una época en la que el inglés parece haberse convertido en el idioma de la modernidad. Basta recorrer las redes sociales, entrar a una universidad o escuchar una conversación en una oficina para encontrar palabras como feedback, meeting, deadline, branding, networking, streaming o podcast. Muchas de ellas llegaron porque nombraban conceptos nuevos, pero otras simplemente reemplazaron palabras que el español ya tenía. Y casi nunca nos detenemos a preguntarnos por qué.
No creo que el problema sea el inglés. Aprender otros idiomas es una de las mejores formas de acercarse a distintas culturas, acceder a investigaciones, viajar o ampliar la forma en que entendemos el mundo. El problema comienza cuando dejamos de usar nuestras propias palabras no porque sean insuficientes, sino porque asumimos que decir algo en inglés le entrega más valor, más prestigio o más inteligencia a aquello que queremos comunicar.
El lenguaje nunca ha sido solo un medio para transmitir información. También es una forma de construir la realidad. Las palabras que utilizamos expresan una historia, una cultura y una determinada manera de comprender el mundo. Por eso las lenguas nunca han ocupado el mismo lugar. Algunas se han expandido gracias a relaciones de poder, a procesos coloniales, a la influencia económica o al dominio tecnológico. Otras han sido desplazadas, invisibilizadas o incluso perseguidas.
No es casualidad que hoy el inglés sea la lengua dominante en la ciencia, en los negocios, en la tecnología y en gran parte de Internet. Tampoco es casualidad que muchas personas sientan que hablar utilizando anglicismos las hace parecer más preparadas o más exitosas. Esa percepción no nace de manera espontánea; responde a una jerarquía cultural que durante décadas ha asociado el conocimiento, la innovación y el desarrollo con determinados países y determinados idiomas.
Quizás por eso decimos feedback aunque exista la palabra "retroalimentación"; meeting aunque podamos decir "reunión"; deadline cuando basta con hablar de una "fecha límite". El problema no es el préstamo lingüístico en sí. Todas las lenguas toman palabras de otras. El español está lleno de ellas. Lo preocupante es cuando ese préstamo deja de responder a una necesidad y comienza a reflejar una valoración desigual entre unas lenguas y otras.
Las palabras nunca son inocentes. También delimitan quién pertenece y quién queda fuera. En muchos espacios laborales, académicos o profesionales, el exceso de anglicismos termina construyendo barreras invisibles. Quienes dominan ese lenguaje parecen pertenecer naturalmente al espacio; quienes no, sienten que les falta preparación, aunque comprendan perfectamente las ideas que se están discutiendo. El lenguaje deja de ser una herramienta de comunicación para transformarse en un mecanismo de diferenciación social.
Pero esta discusión va incluso más allá del español. Si normalizamos que una lengua vale más que otra, también terminamos reproduciendo la idea de que existen culturas más importantes que otras. En América Latina conocemos bien esa historia. Durante siglos se impusieron idiomas, costumbres y formas de nombrar la realidad, mientras muchas lenguas indígenas fueron marginadas o consideradas inferiores. En Chile, por ejemplo, numerosos nombres y apellidos fueron modificados para ajustarse a la escritura castellana, y muchas personas aprendieron que hablar su lengua originaria era motivo de vergüenza antes que de orgullo.
Por eso resulta paradójico que hoy defendamos la diversidad cultural mientras aceptamos sin cuestionar que determinadas lenguas ocupen un lugar de superioridad simbólica. No porque el inglés sea una amenaza, sino porque seguimos asociando el prestigio con aquello que viene desde afuera. Pareciera que necesitamos una palabra extranjera para sentir que una idea tiene más peso, como si nuestro propio idioma necesitara ser validado constantemente.
Esto tampoco significa rechazar toda influencia extranjera. Las lenguas están vivas porque cambian, se mezclan y evolucionan. Pretender que el español permanezca intacto sería desconocer su propia historia. Sin embargo, existe una diferencia entre enriquecer una lengua mediante el intercambio cultural y abandonar nuestras propias palabras simplemente porque creemos que las ajenas suenan mejor.
Quizás la pregunta de fondo no sea lingüística, sino cultural. ¿Por qué sentimos que ciertas palabras otorgan más prestigio que otras? ¿Quién decide qué idioma representa el éxito, la inteligencia o la innovación? ¿Qué relaciones de poder existen detrás de esas decisiones? Son preguntas incómodas, pero necesarias si realmente queremos comprender cómo el lenguaje participa en la construcción de nuestras sociedades.
Nombrar el mundo también es una forma de habitarlo. Cada vez que elegimos una palabra estamos reproduciendo una manera de mirar la realidad. Defender el valor de nuestra lengua no implica rechazar otras ni encerrarnos en un nacionalismo lingüístico. Significa reconocer que el español posee la capacidad de expresar conocimiento, pensamiento crítico y creatividad sin depender constantemente de una validación externa.
Tal vez el desafío no sea dejar de usar palabras en inglés. El verdadero desafío es preguntarnos por qué, muchas veces, sentimos que nuestras propias palabras ya no bastan. Porque cuando dejamos de confiar en ellas, no solo empobrecemos nuestro vocabulario: también corremos el riesgo de olvidar que las lenguas son memoria, identidad y una de las formas más profundas que tenemos para comprender quiénes somos y cómo queremos relacionarnos con el mundo.