Por: Red Crítica | 16/03/2026
No es una novedad que, las campañas políticas actuales, se construyen desde una suerte de odio hacia el adversario o rival político, más que desde una idea orientada a resaltar o presentar propuestas que vayan en beneficio de la ciudadanía, que debería ser nuestro eje en la política. El odio y la negativización constante del otro ha existido siempre en el mundo político –no digamos que es algo nuevo–, pero resulta inevitable observar que esta técnica ha venido en aumento en comparación con años y elecciones anteriores.
Me es posible identificar este punto de inflexión, donde el odio pasa a convertirse en una estrategia sumamente relevante y efectiva para las campañas políticas, en el plebiscito de salida de la primera propuesta constituyente del año 2020, cuando la campaña del Rechazo giró casi exclusivamente en torno al ataque a la propuesta, incluso recurriendo al uso de mentiras evidentes. Posteriormente, en el siguiente proceso, la técnica utilizada por él En Contra no fue muy distinta. Sin embargo, este uso desmedido del ataque directo al adversario, sin la presentación de un proyecto de fondo, se vuelve aún más evidente en las elecciones presidenciales realizadas entre noviembre y diciembre del presente año, alcanzando su punto más alto en el balotaje entre la candidata de la centroizquierda, Jeannette Jara, y el candidato de la derecha, José Antonio Kast, tanto en la franja electoral como en los debates organizados por ARCHI y ANATEL.
A partir de estas evidencias es relevante si el odio se ha vuelto una herramienta eficaz para conquistar el poder, preguntarnos si ese mismo poder es capaz de gobernar sin este odio presente. Una democracia que en las campañas se alimenta del miedo y la descalificación del otro no solo empobrece el mismo debate político y la opinión pública, sino que termina normalizando la idea de que el fin justifica los medios, aun cuando el costo sea la degradación del propio sistema democrático a través del odio.