Por: Martina Fuentes Mena | 21/09/2026
I. El Vértice: Ecos de una inspiración
Estas líneas nacen desde mi casa, escribo estas líneas con una rabia contenida y el pulso acelerado de quien ve cómo los referentes que nos forman se estrellan contra la mezquindad de la política real. Para quienes crecimos recorriendo los pasillos del Liceo 1 Javiera Carrera, con libros bajo el brazo y una certeza de que podíamos cambiar el mundo y como dice nuestro himno “ser conscientes, nobles y fuertes para enfrentar el mañana”, Michelle Bachelet nunca fue una figura lejana o abstracta. Ella fue nuestra prueba viviente: la excompañera de aulas, la médica, la socialista y la primera mujer en llegar a La Moneda que nos enseñó que se podía hacer política desde la empatía y no desde la bota militar.
Cuando participé en los Modelos de Naciones Unidas ya en la Universidad, ansiaba con los pasillos de la diplomacia internacional y veía en trayectorias como la suya el faro definido de lo que un liderazgo progresista y feminista podía lograr en el mundo. Y es por eso, que el reciente desenlace de su carrera por la Secretaría General de la ONU (marcado por su forzado retiro tras las votaciones en el Consejo de Seguridad) no es para mí un simple análisis internacional de manual de Ciencia Política, es un golpe directo al mentón, una herida política y personal.
II. La militancia, el silencio cómplice y la falta de apoyo de La Moneda
Lo que hace que este cierre sea profundamente doloroso e indignante es la trastienda de su propio país, hablando como militante del Partido Socialista, me duele y me avergüenza la mezquindad con la que actuó el actual gobierno. Una figura de la talla internacional de Michelle Bachelet, con la legitimidad de haber sido Alta Comisionada para los Derechos Humanos, merecía una política de Estado transversal, un respaldo férreo, un apoyo inquebrantable desde su propia trinchera partidaria e institucional.
Sin embargo, el gobierno optó por la calculadora chica, por el cálculo mezquino de pasillo y por un silencio cómplice que equivale a dejarla sola en este ring internacional. Nos vendieron la pomada de la “eficiencia” y de la renovación, pero ante el desafío histórico de poner una mujer socialista y latinoamericana al frente de la ONU, prefirieron mirar hacia el costado. La dejaron caer. Y para quienes militamos creyendo en la lealtad colectiva y en la fraternidad política, ese abandono interno duele mucho más que los vetos de las potencias en Nueva York.
III. Del Liceo 1 al Consejo de Seguridad: El castigo a las pioneras
Bachelet cargó en esta contienda con la misma cruz que conocemos de memoria las mujeres que osamos ocupar espacios de poder: la exigencia de la perfección inalcanzable y el doble rasero de los aparatos patriarcales. En el Consejo de Seguridad, los grandes bloques de poder demostraron que las trayectorias basadas en la defensa de los Derechos Humanos y la justicia social incomoda. Las lógicas de la realpolitik1 prefieren la comodidad de la diplomacia de oficina antes que un liderazgo propio con peso ético propio.
Verla toparse con este muro me devuelve a las peores inercias de nuestra propia historia política y ese es el castigo sistemático a las que abren brecha. Nosotras, las javierinas que aprendimos de su ejemplo a no callarnos frente a la injusticia, entendemos perfectamente lo que significa que te cierren la puerta en las narices cuando el sistema se siente amenazado por tu autonomía.
IV. Conclusión: El faro sigue encendido pese a los cálculos
Muchos darán por sentado que este es el final político de Michelle Bachelet, interpretándolo con la fría satisfacción de los detractores de siempre. Se equivocan. Los liderazgos moldeados en la resistencia, en el exilio y en la convicción demócrata no se extinguen por una jugada de pasillo internacional ni por la mezquindad de gobiernos de turno que le temen a su estatura histórica.
Desde esta trinchera estudiantil en la Universidad de Chile, con el brazalete del partido y de su juventud en el brazo y la memoria intacta de nuestras aulas en el Liceo 1, mi admiración hacia ella no hace más que profundizarse. Si las cúpulas prefieren la traición silenciosa y el cálculo conservador, a nosotras nos queda la tarea insobornable de mantener el estandarte en alto. El camino que ella abrió en los Modelos de Naciones Unidas y en la historia de Chile sigue siendo nuestro mapa. Y mientras haya una mujer dispuesta a disputar el poder sin transar los principios, el legado de Bachelet seguirá caminando por las calles.