Por: Martín Olate | 18/05/2026
La década de 1960 es, indudablemente, un periodo histórico rico intelectualmente y fuente de variados temas de debate incluso de día de hoy, es también el punto de inicio de un debate intelectual y académico que a mi juicio deberíamos tener más presente, en especial en los tiempos venideros donde la comprensión del rol del Estado es clave si queremos evitar que nuestros esfuerzos queden estériles. A finales de los años 60, los eventos del mayo francés y los movimientos ‘anti-guerra’ a nivel mundial fueron el caldo de cultivo para una crisis y un desafío sin precedentes para las ciencias sociales “burguesas” -como diría Clyde Barrow- de la época. Los referentes de la ciencia política de la época se movían en teorías que consideraban al Estado como un actor meramente árbitro u omitían el término en pos de “sistema político” y, si bien son fuertes bases de la disciplina, fallaban en considerar e interpretar los fuertes conflictos que se vivían en las sociedades capitalistas y el rol del Estado en estos. La mencionada crisis en las ciencias sociales significó una apertura y una oportunidad de oro para el marxismo para volver a posicionarse en el debate en las universidades, y así pasó, pues con la publicación de los textos Poder político y clases sociales por Nicos Poulantzas (1968) y El Estado en la sociedad capitalista de Ralph Miliband (1969) vimos cómo el marxismo volvió a ser un eje de discusión e interpretación de la realidad cotidiano en las casas de estudio del viejo continente, con el objetivo ambos teóricos de desarrollar una teoría marxista del Estado que había sido descuidada desde Lenin.
Miliband en su obra considera que “la clase dominante de la sociedad capitalista es aquella que controla los medios de producción y en virtud del poder económico conferido sobre sí por este hecho, usa al Estado como un instrumento para la dominación de la sociedad”, Miliband reconoce que ganar el poder político del Estado no significa necesariamente controlarlo como tal y que este presenta una “restricción estructural” sobre su autonomía al “necesariamente” virar en favor de los intereses de los capitalistas por temas económicos, en especial, lo que él califica como “la dependencia del estado sobre la salud de la economía capitalista” y que la identidad burguesa de la “élite estatal” es parte importante del entendimiento de este comportamiento “instrumental” del Estado. Mientras que Poulantzas por su parte argumenta que el Estado no puede ser entendido como un mero instrumento en manos de una clase, entendía al Estado como un “factor de cohesión social” cuya función es articular los distintos niveles de la sociedad (económico, político e ideológico), manteniendo el orden vigente, desorganizando a las clases dominadas y reproduciendo las relaciones de producción dominantes, que este rol necesariamente dota al Estado de “autonomía relativa” para poder mantener los intereses políticos de la clase capitalista al largo plazo (incluso si esto significa ir en contra de los intereses de una fracción del capital al corto plazo). Poulantzas decía que gracias al concepto de autonomía relativa podemos entender que el Estado funciona como un “Estado capitalista” no porque sean ellos quienes lo conducen, sino porque su propia estructura está concebida desde la lógica de las relaciones de producción del capitalismo, el griego declara, de hecho:
“La relación entre la clase burguesa y el Estado es
una relación objetiva. Esto significa que si la función del Estado en una determinada formación social y los intereses de la clase dominante en dicha formación coinciden, es por la propia naturaleza del sistema: la participación directa de los miembros de la clase dominante en el aparato estatal no es la causa, sino el efecto, y además fortuito y contingente, de esta coincidencia objetiva.”
Este debate, a mi juicio, sigue tan vigente como en la década de 1970, pues, como me gusta insistir a mi, es de vital importancia que podamos comprender el rol del Estado en nuestras luchas cotidianas, la lucha por el prójimo que es, esencialmente, la lucha por el socialismo. ¿Está el Estado condenado a ser un mero instrumento de la burguesía? ¿Es el Estado una herramienta clave en la construcción del socialismo? ¿Qué rol cumplirá el mismo?. Son muchas preguntas que, lamentablemente, no voy a poder responder en este solo texto, pero puedo esforzarme lo suficiente por dar unas pequeñas pinceladas de ese socialismo que es tan necesario para nuestro país: Hoy es necesario comprender al Estado, tal como ideó Poulantzas, como un factor de cohesión social como ya se explicó, también es importante entender al Estado como una relación social, o como lo definiría el propio Poulantzas, la “condensación material de una relación de fuerzas” entre clases, como un espacio atravesado transversalmente por la lucha de clases. Es necesaria esta comprensión para poder finalmente enterrar a ese coloso con pies de barro del que hablé ya, para poder ver al Estado como ese campo de batalla donde debemos luchar, dentro y fuera de este. Debemos construir un “poder bifurcado” (no dual, bifurcado), la lucha de masas, la autogestión y la democracia directa combinada con la “guerra de posiciones” en la política planteada por Antonio Gramsci con el fin de lograr la transformación radical del aparato estatal y finalmente, un socialismo democrático, de carácter nacional y popular. Entre tanto, los debates sobre la comprensión y el rol del Estado deben ser esa pulga en el oído del minotauro que son tanto la academia como la sociedad, y es nuestro deber ser aquella pulga una y mil veces.
En definitiva, volver a la disputa entre Miliband y Poulantzas no es un ejercicio de nostalgia intelectual, sino una necesidad estratégica para quienes aspiramos a transformar la realidad. La sofisticación teórica del autor griego nos permite entender que el Estado no es un muro infranqueable ni un objeto que se toma por asalto, sino un terreno de lucha que debe ser democratizado desde sus cimientos. Al final del día, la vigencia de su pensamiento radica en la ambición de haber buscado los cimientos para que podamos decir al fin que se ha logrado completar aquella teoría del Estado que Marx dejó sin terminar. Solo a través de esa comprensión del Estado como relación social y campo de batalla, podremos avanzar hacia un horizonte donde la libertad y la justicia no sean conceptos vacíos, bajo la premisa innegociable de que el socialismo será democrático o no será. Es nuestra tarea, como esa pulga persistente en el oído del minotauro, asegurar que ese debate nunca se apague.