Por: Martín Olate | 30/03/2026
En la década de 1970, el teórico greco-francés Nicos Poulantzas advertía sobre los efectos de las mutaciones del modo de producción capitalista hacia lo que hoy conocemos como neoliberalismo y sus efectos en la democracia y nacimiento de un fenómeno. Hoy, casi 50 años después, en Chile vivimos de primera mano lo mencionado previamente, después de todo fuimos el conejillo de indias de los académicos de Chicago para probar este nuevo modelo que no es solo económico, si no también social. Hemos visto en los últimos años como la credibilidad de los partidos no solo de izquierda y la participación en los procesos democráticos (hasta la reinserción del voto obligatorio) se fue a pique de una forma brutal que mucha gente se esforzó en entender sin realmente lograrlo, y creo que en Poulantzas encontramos una respuesta clara.
Encontramos en el neoliberalismo no solo un sistema económico que lentamente conduce al mundo entero a su propia destrucción, sino que un modelo social que busca vaciar a la democracia de todo contenido posible para convertirla en un mero trámite electoral cada cierta cantidad de años, busca crear una nueva forma democrática del Estado capitalista que de democrática solo tiene el nombre. Esta forma que el neoliberalismo moldea, llamada por el teórico “estatismo autoritario” genera, según palabras del propio Poulantzas:
“El acaparamiento acentuado por el Estado del conjunto de las esferas de la vida económico-social articulado con la decadencia decisiva de las instituciones de la democracia política y la restricción draconiana y multiforme de las llamadas libertades ‘formales’, cuya realidad se descubre ahora que se van, llevadas por la corriente”.
Vemos así que el Estado no muta en un “Estado-Moloch” como diría el griego, más bien, y en sus propios términos, muta en un “coloso con pies de barro” donde es el mismo que asume funciones que terminan contribuyendo paradójicamente a su desestabilización, mediante la concentración de poder en el ejecutivo y la individualización del cuerpo social para abstraerle de sus relaciones de clase. Sumado a todo lo anterior, vemos en el presidente un patrón común con los candidatos de ultraderecha en latinoamérica: El vilipendio fascistoide de la institucionalidad democrática, la erosión de las herramientas de la democracia para combatir la desigualdad social y con ella la proliferación de elementos fascistas como la xenofobia, el racismo, el nacionalismo y los discursos de odio. Boaventura de Souza Santos denomina esto “como el ascenso de una sociabilidad fascista o fascismo social”, aunque esto no significaría el ascenso de un neofascismo como tal, si no una manifestación de esta nueva forma democrática del Estado capitalista.
Estas situaciones son para Chile una advertencia vistos los casos del Brasil de Bolsonaro, la Argentina de Milei y la barbarie yanqui, Chile debe encontrar una forma de no solo resistir, sino de combatir estos embates del neoliberalismo y tomar en sus propias manos los rumbos de su destino, una alternativa real que sepa realmente proponer una nueva democracia profunda y radical, que pueda lograr los cambios radicales que precisa la sociedad y que pueda generar una sociedad justa y libre: Una alternativa socialista.