Por: Josep Riera | 20/07/2026
Considero alarmante y preocupante lo que en los últimos tiempos estoy observando en Chile. Se trata, aunque en principio parezcan casos aislados, de la tendencia de la extrema derecha en Chile de utilizar la religión y la espiritualidad como herramientas de influencia en la política, los negocios y la opinión pública.
A los ejemplos ya conocidos del presidente Kast, miembro del movimiento católico Mariano Schoenstatt, con sus misas casi cotidianas en La Moneda y de Judith Marín, la titular del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, de fe evangélica y que estuvo en el centro de la polémica por su participación en prácticas de exorcismo, se han unido más recientemente el caso de la ministra de Deportes Natalia Duco, quién según informes de prensa está asesorada por un supuesto "chamán". Y como guinda de la torta, Joaquín Lavín, miembro supernumerario del Opus Dei, ex ministro de Educación y Desarrollo Social durante el primer gobierno de Piñera y ex alcalde de Las Condes, quien acaba de anunciar su nuevo "emprendimiento", un chatbot para dialogar con santos de su elección, y que bajo el lema "la fe camina contigo" ofrecerá, mediante suscripciones mensuales, "un espacio de reflexión personal para acompañar tus momentos de oración".
Los "santos" elegidos por Lavín y su equipo son todos de vidas, ejemplos y tendencias ultraconservadoras, y entre ellos figuran (como no podía ser menos) el fundador del Opus Dei, José María Escrivá, la madre Teresa de Calcuta (que según investigaciones muy serias, fue cualquier cosa menos santa), el padre Pío o el beato Carlos Acutís. Ante esta selección tan sui generis, la primera pregunta que me viene a la cabeza es por qué Lavín no ha elegido incluir también en su chatbot de pago a dos santos chilenos tan emblemáticos como son Alberto Hurtado o Teresita de los Andes. Sólo se me ocurre pensar que las ideas progresistas del jesuita padre Hurtado y su legado de servicio, de justicia social y de amor al prójimo, con sus frases como "hay que dar hasta que duela" o "hacer la caridad faltando a la justicia es reírse de Dios", no son en absoluto compatibles y están en el extremo opuesto de la ideología ultraconservadora de Joaquín Lavín.
Algunas personas podrían decir que estamos asistiendo a un renacimiento espiritual. Pero yo veo algo muy distinto: una instrumentalización de la religión. Y es que ambos conceptos son muy distintos. Un renacimiento espiritual suele conducir a una mayor humildad, compasión y apertura al otro. La instrumentalización de la religión, en cambio, suele buscar identidad, influencia, control y legitimación del poder.
A mí, como cristiano, me preocupa especialmente esa segunda posibilidad. La historia demuestra que, cuando la fe se convierte en un instrumento político, acaba dañando tanto a la política como a la propia religión. El Evangelio deja de ser una llamada a la conversión interior para transformarse en una bandera ideológica. Y cuando eso ocurre, la cruz deja de ser un símbolo de entrega para convertirse en un símbolo de poder.
Ahí se encuentra el verdadero debate de nuestro tiempo. No es si los gobernantes rezan o dejan de rezar. La cuestión es si utilizan la religión para servir mejor a las personas, o si utilizan a la religión para consolidar su propio poder. Esa diferencia, aunque a veces resulte sutil, puede cambiar profundamente el rumbo de una democracia.
Por eso observo con preocupación cómo, en estos últimos tiempos, proliferan iniciativas que presentan como "espiritual" aquello que en realidad responde a intereses religiosos, comerciales o incluso políticos. Se ofrecen experiencias envueltas en un lenguaje aparentemente universal, pero profundamente condicionado por una determinada visión del mundo. Se utilizan símbolos religiosos como herramientas de marketing, se comercializan figuras consideradas sagradas, se recurre a (dudosos) asesores espirituales cuya función termina mezclándose con la estrategia política, y todo ello acaba generando la impresión de que religión y espiritualidad forman parte de una misma realidad indivisible, cuando realmente no lo son y confundirlas solo empobrece a ambas.
Cuando la fe se convierte en propaganda, cuando la espiritualidad se transforma en producto de consumo o cuando cualquiera de las dos se utiliza para influir en la vida pública, deja de ser un camino hacia la verdad para convertirse en un instrumento de persuasión. Y en ese momento ya no importa tanto si el mensaje procede de un púlpito, de una consulta esotérica, de una campaña política o de una plataforma tecnológica. Lo esencial es preguntarse siempre a quién beneficia esa confusión y qué se pretende conseguir con ella.
Yo sigo creyendo que la auténtica espiritualidad es silenciosa. No necesita imponerse, convencer a nadie ni ocupar espacios de poder. No exige cuotas, no reclama privilegios y tampoco busca gobernar la conciencia de los demás. Su fuerza reside precisamente en lo contrario: en la libertad. Ya que una espiritualidad auténtica no fabrica seguidores; ayuda a que cada persona aprenda a caminar por sí misma. Y sinceramente creo que ahí reside la diferencia más profunda entre quien busca sinceramente la verdad y quien simplemente desea utilizar lo sagrado para alcanzar otros fines.