Por: Ignacio | 13/04/2026
Ya es sabido que las primeras semanas del gobierno de José Antonio Kast han sido difíciles para su propio equipo quedando al descubierto su poca capacidad de trabajo dentro del Estado dejando en puestos de primer nivel a ex panelistas de programas online o a un genio de las colusiones, esto deja al descubierto el gran problema y vacío que deja el sentimiento a político que comenzó a crecer hacia el espectro político del gobierno. Sin embargo, hay otro actor que también ha flaqueado al intentar cumplir su difícil labor. En este escenario turbulento, nos vemos en la obligación de abordar el rol articulador de la izquierda chilena sobre sus causas contra los abusos e injusticias.
Desde hace varios años que los partidos tradicionales de la izquierda vienen atravesando una crisis. ¿Por qué tanta gente ha perdido la conexión e identificación con ellos? ¿Por qué en noviembre del año pasado el 58% del electorado creyó en un proyecto político que casi imposible de llevar a cabo?
Responder a estas preguntas es difícil, aunque no imposible. Y es que los militantes de los partidos de izquierda debemos entender que, para cambiar el mundo, primero debemos conocerlo con sus condiciones materiales y todo lo que esto conlleva. Hay que dejar las largas clases de marxismo ortodoxo que solo se quedan entre nuestras propias filas. Porque lo que hoy convoca a las personas que estos mismos abanderados denominan "el pueblo” no es debatir sobre Marx, el Che o la Revolución Rusa. Sus anhelos están orientados a volver a sus hogares sin tener miedo a que una “bala loca” los asesine; a llegar tranquilos a fin de mes; a que el esfuerzo puesto en el trabajo se condiga con una buena situación de vida. El discurso de la autodenominada nueva derecha (que de nueva no tiene mucho) ha calado rápida y efectivamente en sectores populares que, hace tan solo unas décadas, eran llamados los "bastiones del pueblo organizado". En este contexto, la izquierda chilena enfrenta hoy un dilema crucial: o se adapta a la realidad material y discursiva del pueblo, o se condena a quedar aislada, aferrada a sus propias ideas. Tómese el ejemplo de los revolucionarios bolcheviques liderados por Lenin en 1917 con el eslogan "Paz, Pan y Tierra". Aquellos revolucionarios de antaño no convocaron a la gente mediante el discurso del “materialismo dialéctico” o la “plusvalía”, sino que lo lograron a través de la comunicación de una consigna simple, fácil de internalizar, y en línea con los principales intereses de los trabajadores y campesinos que vivían en condiciones miserables. Con este ejemplo mencionado anteriormente queda en evidencia cómo es posible llegar a las masas (que en su mayoría no tienen formación política) sin largos discursos sacados de libros filosóficos y contar con ellos para realizar los cambios necesarios, Esto no se trata de dejar la ideología, sino de entenderla y aplicarla de manera que logre conectar con el pueblo y no siga resonando en la misma cámara de eco en los cafés literarios de Ñuñoa y Providencia.