Por: Ignacio Cáceres Vergara | 15/06/2026
No crecí en una familia donde se hablara de política.
En mi casa, como en muchas otras familias chilenas, la política no ocupaba un lugar importante en la conversación cotidiana. No se discutían elecciones durante la cena, no se debatían proyectos de ley y tampoco existía una tradición de participación partidaria. Si la política aparecía, generalmente era asociada a conflictos, peleas o decepciones.
Sin embargo, terminé interesándome profundamente por ella.
Quizás comenzó escuchando rap, un género que históricamente ha sido una forma de protesta y de observación crítica de la realidad social. Quizás se consolidó durante el estallido social de 2019, cuando millones de personas comenzaron a preguntarse por las causas de los problemas que enfrentaba el país. Lo cierto es que empecé a hacerme preguntas que mi entorno no necesariamente compartía: cómo funciona el Estado, por qué los gobiernos toman determinadas decisiones, qué papel cumplen los partidos políticos y por qué algunas personas parecen tener más influencia que otras en la discusión pública.
Durante mucho tiempo sentí que ese interés era extraño. Como si la política fuera un espacio reservado para otros. Para quienes crecieron en familias politizadas, para quienes vivían cerca de los centros de poder o para quienes pertenecían a círculos donde estos temas eran parte de la vida cotidiana.
Y creo que esa sensación no es individual. Miles de jóvenes de regiones han crecido observando la política como algo distante, concentrado en Santiago y protagonizado por personas que parecen pertenecer a un mundo diferente al suyo.
A esa distancia se suma otro fenómeno: la profunda desconfianza hacia los partidos políticos. Para muchas personas, los partidos representan corrupción, amiguismo, oportunismo o una clase dirigente preocupada más de sí misma que de los problemas de la ciudadanía. No es extraño escuchar frases como "todos son iguales" o "la política no sirve para nada".
Sin embargo, existe una diferencia importante entre desconfiar de los políticos y abandonar la política.
Porque la política sigue estando presente incluso cuando decidimos ignorarla. Está en el valor del transporte público, en el acceso a la educación, en las listas de espera de salud, en el monto de las pensiones y en las oportunidades de desarrollo de nuestras regiones. Las decisiones que afectan la vida cotidiana de millones de familias de clase media son, en última instancia, decisiones políticas.
Quizás el problema no sea que la ciudadanía se haya alejado de la política. Quizás el problema es que durante mucho tiempo la política se presentó como un espacio al que no todos sentían que podían acceder.
Quienes venimos de regiones conocemos bien esa sensación. Chile sigue siendo un país profundamente centralizado. Las principales instituciones, universidades, medios de comunicación y espacios de decisión se concentran en Santiago. Muchas veces pareciera
que las discusiones más importantes ocurren lejos de los territorios donde sus consecuencias serán vividas.
Por eso no resulta extraño que muchos jóvenes de Puerto Montt, Punta Arenas, Arica o Copiapó crezcan pensando que la política es algo que ocurre en otra parte y que es protagonizada por otras personas.
Yo mismo llegué a pensar algo similar.
Y aunque hoy estudio y participo en espacios donde la política se discute cotidianamente, también soy consciente de que parte de ese recorrido fue posible gracias al acceso a oportunidades educativas que no están disponibles para todos. Si antes sentía que la política pertenecía a una élite política, hoy entiendo que muchas veces también existe una élite académica que tiene mayores posibilidades de acercarse a esos espacios.
Eso no significa que la participación esté cerrada. Pero sí significa que sigue siendo desigual.
La democracia necesita partidos, instituciones y representantes. Pero también necesita algo más básico: ciudadanos que sientan que tienen derecho a participar de la conversación pública. Ciudadanos que entiendan que no es necesario haber nacido en una familia politizada para interesarse por los asuntos comunes. Que no es necesario vivir cerca del poder para tener una opinión sobre el rumbo del país. Y que la política no es propiedad de quienes siempre han estado en ella.
Quizás uno de los grandes desafíos de nuestra democracia sea precisamente ese: lograr que más personas sientan que la política también les pertenece.
Porque una democracia sana no se construye únicamente con quienes heredaron la política. También se construye con quienes llegaron a ella por curiosidad, por convicción o simplemente porque un día comprendieron que las decisiones colectivas también determinan sus propias vidas.