Por: Ignacio Cáceres Vergara | 01/06/2026
Hay algo profundamente agotador en escuchar, otra vez, que los chilenos comunes tenemos que esperar.
Esperar que el crecimiento llegue. Esperar que las grandes empresas inviertan. Esperar que “el mercado se reactive”. Esperar que eventualmente, en algún momento, la riqueza de arriba caiga hacia abajo y mejore nuestras vidas.
La aprobación de la megarreforma de José Antonio Kast se siente exactamente así: otra promesa hecha desde arriba hacia una clase media que lleva años sosteniendo el país mientras ve cómo todo se vuelve más caro, más inseguro y más incierto.
La mayoría de las personas no vive pensando en guerras ideológicas. Vive pensando en si podrá pagar el arriendo el próximo mes. En si podrá tener hijos sin endeudarse toda la vida. En si podrá jubilar con algo de dignidad. En si estudiar realmente sirve de movilidad social o solo de deuda.
Y por eso cuesta tanto tragarse el discurso de que bajar impuestos corporativos a grandes empresas automáticamente generará bienestar para todos.
La evidencia simplemente no muestra algo tan lineal.
Después de la reforma tributaria de Donald Trump en 2017 -muy parecida en lógica a lo que hoy impulsa Kast- las grandes empresas estadounidenses recibieron enormes rebajas tributarias bajo la promesa de crear empleo, subir salarios y aumentar la inversión. ¿Qué pasó realmente? Estudios del Congressional Research Service y del Institute on Taxation and Economic Policy concluyeron que gran parte de esos recursos terminó en recompra de acciones y dividendos para accionistas, mientras los efectos sobre salarios y empleo fueron bastante menores a lo prometido.
En simple: los más ricos se hicieron aún más ricos, pero la vida del trabajador promedio cambió muchísimo menos de lo que se anunció.
Y eso toca una fibra sensible en Chile porque ya vivimos algo parecido.
A toda una generación se le enseñó que si el país crecía, eventualmente todos avanzaríamos. Mientras tanto, las familias se endeudaban para estudiar, para enfermarse, para comprar una casa y hasta para llegar a fin de mes. El país mostraba cifras macroeconómicas “exitosas”, pero emocionalmente muchísima gente vivía con miedo permanente a caer.
Miedo a perder el trabajo.
Miedo a no poder pagar el dividendo.
Miedo a envejecer sin seguridad.
Miedo a que cualquier emergencia destruyera años de esfuerzo.
Y aun así, desde la política y desde ciertos sectores económicos, se seguía diciendo que el problema era que Chile regulaba demasiado, cobraba demasiados impuestos o discutía demasiado.
Como si el malestar social hubiese sido un problema técnico y no humano.
Además, hay algo profundamente equivocado en la lógica con la que se está defendiendo esta reforma: la idea de que el Estado debe manejarse igual que una empresa privada.
No. Un Estado no existe para maximizar utilidades.
Una empresa puede decidir que ciertas personas “no son rentables”. Puede abandonar territorios donde no gana dinero. Puede despedir trabajadores para reducir costos. Puede enfocarse exclusivamente en la eficiencia económica.
El Estado no.
El Estado tiene responsabilidades humanas, sociales y democráticas que una empresa jamás tendrá. Tiene que garantizar salud aunque no genere ganancias. Educación aunque no sea rentable. Seguridad aunque sea costosa. Infraestructura en lugares donde ningún privado invertiría por iniciativa propia.
Y decir eso no te convierte en extremista. Te convierte simplemente en alguien que entiende que un país no puede reducirse a una planilla Excel.
Porque ese es justamente el problema del debate político chileno actual: todos hablan como si hubiese solo dos opciones posibles. O destruir la economía con populismo irresponsable, o entregarle la conducción completa del país a la lógica empresarial.
Pero Chile necesita algo muchísimo más difícil y muchísimo más serio: crecimiento económico con cohesión social. Inversión privada con protección básica. Desarrollo con estabilidad. Un país donde crecer no signifique vivir permanentemente con miedo a caer.
Y quizás eso es lo que más molesta de esta reforma. La sensación de que nuevamente se está gobernando pensando primero en tranquilizar mercados antes que en tranquilizar vidas.
Porque mientras se habla de “destrabar inversiones”, la clase media sigue atrapada entre créditos, inflación, arriendos absurdos y trabajos cada vez más inestables. Mientras se celebran señales al mercado, hay familias completas sintiendo que trabajan más que nunca solo para mantenerse en el mismo lugar.
Y quizás eso es lo más doloroso de todo: la sensación de que en Chile siempre hay recursos, rapidez y urgencia cuando se trata de aliviar a los sectores más poderosos, pero cuando la discusión es salud, pensiones, vivienda o salarios dignos, ahí sí aparecen inmediatamente los llamados a la responsabilidad fiscal y la paciencia.
La gente no está cansada del crecimiento.
Está cansada de que siempre le pidan esperar mientras otros celebran primero.