Por: Fernanda Parada | 08/06/2026
Actualmente Chile atraviesa un período donde la dignidad y la calidad de vida de gran parte de nuestro país se ve amenazada. Es fundamental tener una oposición con metas y objetivos claros, por lo que se vuelve ineludible cuestionarnos qué estamos haciendo y qué queremos hacer.
Resulta indispensable fomentar la autocrítica y un propio reconocimiento de nuestros errores. No podemos seguir, por ejemplo con el caso de las elecciones, únicamente culpando a la derecha y librándonos de responsabilidad. Nuestro deber era dar respuesta a las demandas sociales con un proyecto reconocible y una estructura sólida. Y, sin embargo, este resultó en divisiones internas, donde de a poco el hacer política se convirtió en una competencia, derivando en un pleno abandono a nuestras propuestas.
Para hacernos cargo de este error, es vital reconocer la fragmentación dentro de la izquierda actual. La persistente competencia respecto de quién genera mayor repercusión en redes y/o el objetivo de demostrar ser siempre mejor que el otro, son factores que solo influyen en cegarnos por el individualismo y en dejar al aliado salvarse solo. Esta división no solo dificulta el impulsar cambios sociales, sino que también debilita plenamente las modificaciones necesarias en la oposición.
Además, en el caso de la división por desacuerdos entre partidos o entre los mismos militantes, frecuentemente estos terminan ocupando más espacio en el debate que las mismas propuestas destinadas a mejorar la vida de las personas. La política pierde su sentido cuando deja de enfocarse en estas preocupaciones concretas y se concentra exclusivamente en conflictos entre dirigentes o sectores. Asimismo, es fundamental volver a conectar con las organizaciones sociales, incluyendo algunos como los sindicatos o los centros de estudiantes, construyendo así, activamente objetivos comunes.
En conjunto, debemos dejar de lado la constante espera por la aprobación de un agente externo, argumentar en voz alta y defender nuestras ideas con convicción, sin necesidad alguna de dar explicaciones.
En un contexto donde diversos sectores cuestionan derechos que parecían consolidados y donde crecen discursos que apelan al miedo o al descontento social, la incapacidad de construir una alternativa sólida tiene consecuencias que van más allá de una sola decisión. Lo que está en juego es nuestra
capacidad de ofrecer respuestas democráticas y justas a los desafíos de la actualidad.
La pregunta ya no es quién tiene la razón dentro de la izquierda, sino si realmente seremos capaces de construir un proyecto colectivo que vuelva a representar las necesidades del pueblo. De ello dependerá no solo el futuro de un sector político, sino también la posibilidad de avanzar hacia una sociedad más justa. Únicamente al ser conscientes de nuestras propias debilidades podremos, frente al retroceso social, construir un mejor futuro.