Por: Francisco Meléndez | 04/05/2026
Lo que está ocurriendo en la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile es una señal de alerta que no podemos ignorar. Bajo la excusa técnica de la "neutralidad", estamos permitiendo que la burocracia mutile la esencia misma de la vida universitaria. Cancelar una actividad por tener "fines políticos" no es una medida administrativa, es un acto de censura que insulta la inteligencia de nuestra comunidad.
Nuestra casa de estudios enfrenta hoy un asedio administrativo que amenaza con desmantelar su esencia crítica para convertirla en un engranaje más de la maquinaria estatal. Bajo la dirección de Dorothy Pérez, la Contraloría General de la República ha puesto su lupa sobre la Casa de Bello, cuestionando duramente la facilitación de espacios para actos que considera de "manifiesta connotación política", como la conmemoración de la Revolución Cubana en la Facultad de Artes. Este dictamen no es solo una observación contable o administrativa, es un golpe directo al corazón de la autonomía universitaria. Al sentenciar que tales actividades exceden la "simple reflexión académica", el ente fiscalizador se arroga el derecho de decidir qué debates son dignos de un campus y cuáles deben ser expulsados.
Nos quieren vender la idea de que una universidad estatal debe ser un espacio aséptico, libre de "contaminación" ideológica. Es una mentira en la cual no debemos caer, la universidad no es una oficina pública ni un ministerio, es el lugar donde se viene a cuestionar, a debatir y a incomodar al poder.
No podemos ser ajenos a estas decisiones que impactan directamente en cómo habitamos nuestros espacios. La falta de una política clara y propia sobre el uso de lienzos y la libertad de expresión nos deja vulnerables ante interpretaciones rígidas y externas.
La universidad debe ser, ante todo, un espacio de deliberación. Si permitimos que el concepto de "neutralidad" se use como un bozal, estaremos permitiendo que se debilite la democracia desde su raíz académica. La autonomía se defiende ejerciéndola, no pidiendo permiso para pensar.
Es profundamente molesto ver cómo se intenta asimilar a la Universidad a un órgano administrativo más, sujeto a una "neutralidad política" estricta que es imposible de alcanzar en disciplinas que, por naturaleza, estudian el poder, el Estado y la sociedad. ¿Cómo se puede enseñar Gestión Pública o Ciencia Política en un entorno donde el debate político está bajo sospecha?