Por: Francisco Meléndez | 05/10/2026
Hay estudiantes que llegan a casa y abren su propio computador para hacer sus trabajos. Otros tienen que pedir uno prestado, compartirlo o hacer todo desde el celular. Al día siguiente, a ambos se les exige lo mismo. La misma tarea no significa las mismas oportunidades.
Por eso es triste e injusto lo que está ocurriendo con las Becas TIC, herederas del antiguo programa “Yo Elijo Mi PC”. El proyecto de Presupuesto 2027 presentado por el gobierno de José Antonio Kast no contempla financiamiento explícito para esta iniciativa, impulsada originalmente durante el primer gobierno de Michelle Bachelet en 2009. Si la propuesta se mantiene, 2027 sería el primer año en 17 años sin esta entrega, después de que más de 96 mil estudiantes recibieran equipos durante 2026.
Para algunas personas esto puede significar simplemente dejar de entregar notebooks. Para muchas familias significa algo mucho más grave, que, mientras el mundo se digitaliza a una velocidad enorme, el dinero disponible en una casa puede terminar decidiendo con qué herramientas se prepara un estudiante para ese futuro.
Hoy un computador ya no es un lujo. Es una herramienta para hacer trabajos, investigar, preparar presentaciones, utilizar plataformas educativas, aprender programación, trabajar con inteligencia artificial y desarrollar habilidades que después serán necesarias en la universidad y en el mundo laboral. El mundo se está digitalizando, pero las oportunidades para entrar a ese mundo siguen teniendo precio.
Para muchos niños, además, ese computador puede acompañarlos durante años. Lo reciben en séptimo básico, lo utilizan en enseñanza media, preparan con él la PAES, realizan postulaciones y, en algunos casos, hay computadores entregados por este programa que acompañan a un niño desde la escuela hasta convertirse en estudiante universitario, aunque esté lento, viejo o con la batería dañada. Para una familia que no puede comprar otro, ese computador no es reemplazable, se cuida porque se sabe que quizás no habrá un segundo.
Ahí aparece una desigualdad mucho más profunda. Hay hogares donde cada hijo tiene su propio computador y, si se rompe, puede ser reparado o reemplazado. En otros existe un solo equipo para toda la familia, y en algunos simplemente no hay ninguno. Cuando una familia debe preocuparse primero de alimentación, arriendo, transporte y cuentas básicas, gastar cientos de miles de pesos en un notebook puede ser imposible. Hay familias que simplemente no pueden comprar una herramienta que el sistema educativo cada día da más por sentada.
El problema es que esas diferencias económicas terminan transformándose en diferencias educativas. Un estudiante con computador propio puede practicar, investigar y hacer sus trabajos cuando quiera. Otro debe esperar que le presten uno o intentar resolver todo desde el celular. Ambos pueden tener las mismas capacidades, las mismas ganas y el mismo sueño de llegar a la universidad, pero no tienen las mismas condiciones para conseguirlo. La pobreza no debería decidir qué herramientas tiene un niño para aprender, pero demasiadas veces lo hace.
Y esas diferencias se van acumulando. Primero es una tarea, después una presentación, una planilla, un trabajo de investigación, programación, inteligencia artificial o una postulación universitaria. Lo que parece una pequeña brecha en séptimo básico puede convertirse, años después, en una diferencia enorme en experiencia digital. Un notebook puede envejecer junto a un estudiante, pero mientras funcione sigue siendo una puerta abierta.
Entregar un computador no soluciona por sí solo la desigualdad educativa. No reemplaza buenos profesores, no arregla una escuela deteriorada y tampoco garantiza buenas notas. Los programas públicos deben evaluarse y mejorarse. Pero si una política tiene errores, se corrige; si necesita cambios, se modifica. La necesidad de los estudiantes no desaparece porque desaparezca una línea del presupuesto.
Por eso cuesta escuchar una y otra vez que los jóvenes somos “el futuro de Chile”. El verdadero significado de esa frase aparece cuando hay que decidir qué herramientas tendremos para prepararnos para ese futuro. No todos parten desde el mismo lugar y fingir que sí lo hacen solo profundiza las diferencias.
En un presupuesto puede desaparecer una línea; en una familia puede desaparecer una oportunidad que debía durar años.
Porque nunca se trató solamente de recibir un notebook gratis. Se trataba de que un estudiante tuviera, aunque fuera por unas horas, las mismas herramientas que otro cuya familia sí podía comprarlas. Se trataba de hacer una tarea hoy, preparar la PAES mañana y, quizás, abrir ese mismo computador algunos años después en una biblioteca universitaria.
Y esa es la parte que más duele: el futuro puede ser digital, pero si el acceso a sus herramientas depende del dinero que tiene cada familia, ese futuro también puede ser profundamente desigual.