Por: Bárbara Guerra Hernández | 24/07/2026
Estamos en medio de uno de los sistemas frontales más intensos de los últimos años en Chile, donde ya tenemos personas fallecidas, miles de damnificados, cortes masivos de servicios básicos y regiones bajo estado de catástrofe. Frente a esto hay una pregunta que me viene a la mente, y es que ¿los medios de comunicación están simplemente informando o están convirtiendo esta tragedia en espectáculo?
Mientras en diversas locaciones del país hay comunidades aisladas, viviendas destruidas, familias literalmente cubiertas por el lodo y personas desaparecidas, la cobertura ha seguido una lógica, que a mi juicio, se especializa en dramatizar y llevar toda situación de crisis a un show mediático donde la nota comienza a girar entorno al periodista.
La televisión ha desplegado su maquinaria habitual con transmisiones en vivo ininterrumpidas, móviles en terreno y relatos cargados de urgencia, donde se insiste en la imagen más impactante, en la casa colapsada, el auto arrastrado por el agua, el río desbordado y en la performance. Pero el problema no es la cobertura en sí, porque es necesaria, sino el enfoque y el protagonista.
Periodistas empapados bajo la lluvia, expuestos a ráfagas de viento, gritando sobre el ruido del temporal como si su propia incomodidad fuera prueba de rigurosidad, como si reportear sin mojarse no fuera suficiente, como si mientras más extremo es el despliegue, mejor fuera el periodismo. Esa puesta en escena no informa más, solo espectaculariza la tragedia y cambia el foco.
Una de las frases que más se repite en los profesores en la universidad cuando eres estudiante de periodismo es que el periodista nunca debe ser la noticia, pero al momento de ver televisión y ver a tus futuros colegas te das cuenta que es lo que más abunda en las pantallas. “Aquí está nuestro periodista en medio de la lluvia, detrás de él se puede ver el caudal del río y el movimiento de los árboles frente a un viento de 100km por hora”, y resulta que el caudal del río es enorme y que llueve y corre viento como nunca. Y ahí tenemos a un periodista todo mojado, corriendo peligro y contra el viento para que no se mueva, ya se le voló el paragua, el cortavientos no corta nada y lleva 2 horas bajo la lluvia.
Y si el periodismo no es capaz de corregir ese rumbo, entonces deja de ser un servicio público para convertirse en simple espectáculo. Porque no hay nada valiente ni meritorio en poner a un periodista a empaparse frente a una cámara si eso no aporta información real, y no hay rigor en gritarle al viento ni en exponerse innecesariamente para sostener una narrativa dramática. Lo que hay es una industria que confunde impacto con profundidad y presencia con contenido. Mientras eso siga ocurriendo, la cobertura no solo será insuficiente, sino que será irresponsable. Porque en medio de una emergencia, distraer es también una forma de fallar. Y hoy, más que nunca, hay medios que están fallando.
Entre mostrar y explicar se juega la calidad de la cobertura y el sentido mismo del periodismo.