Por: Bárbara Guerra Hernández | 02/02/2026
En nuestro país el acceso a la cultura siempre dependía (aún un poco) del dinero que se tenga, del sector donde se viva o del tiempo libre que permita la rutina. Ir al teatro, a un concierto, a una exposición o incluso a un festival cultural muchas veces se convertía en un privilegio y no en una experiencia cotidiana. Sin embargo, la cultura no debería ser un lujo, sino una necesidad social, un derecho y una herramienta de cohesión.
Cuando la cultura es gratuita y accesible, se abren puertas no solo para quienes no pueden pagar una entrada, sino también para quienes nunca han sentido que esos espacios les pertenecen. En Chile, las principales razones para no asistir a actividades culturales son el costo, la falta de tiempo y la distancia. Cuando estas actividades se realizan en plazas, comunas de bajos recursos, y además son gratuitas, la asistencia aumenta de forma significativa. No es falta de interés por estas actividades, es por falta de acceso. Por eso, cada festival gratuito, cada cine al aire libre, cada obra en una plaza pública cumple una función que va mucho más allá del entretenimiento, se permite democratizar la experiencia cultural.
Invertir en cultura no es un gasto sin sentido, sino que es una inversión social al beneficiar los niveles de bienestar, salud mental y cohesión social. Y esto lo podemos ver reflejado en los mercados o festivales culturales que se han hecho durante los últimos años. Tenemos el Mercado París-Londres, Mercado Colores de Yungay, cine, música, shows y eventos gratuitos en diversas comunas, inauguración de parques familiares, noches de museos, noches de teatro con entradas gratuitas, entre muchas actividades que fortalecen la vida en comunidad.
Así que, como idea final; defender la cultura gratuita implica exigir políticas públicas que financien de manera digna a artistas y gestores, para que el acceso no dependa del bolsillo de la ciudadanía, sino del compromiso del Estado con el derecho a la cultura.