Por: Bárbara Guerra Hernández | 13/07/2026
Cada año, la Marcha del Orgullo LGBTIQ+ en Santiago se presenta como una postal de diversidad, celebración y avance. Camiones alegóricos, marcas, figuras públicas y miles de asistentes que recorren la ciudad bajo consignas de inclusión. Sin embargo, esa imagen, a mi juicio, está cada vez más institucionalizada.
La irrupción de la contramarcha, específicamente la del 27 de junio, no es un capricho ni una provocación. Creo que es la expresión de un conflicto político profundo dentro del movimiento LGBTIQ+.
Por un lado, un sector organizado cuestiona abiertamente el rumbo de la marcha oficial, denunciando la falta de participación democrática, la concentración de la representación en ciertas organizaciones y la cercanía con instituciones que, para muchos, siguen siendo parte del problema más que de la solución.
Por otra parte, la reacción más cómoda de parte de las organizaciones "oficiales", en este caso el Movilh e Iguales, ha sido deslegitimar la contramarcha, tildarla de divisionista, violentista o innecesaria, incluso de poco alcance y minimizando la postura de la otra vereda. Pero creo que esa lectura simplifica un fenómeno mucho más complejo, que es que la contramarcha incomoda porque rompe con la narrativa de unidad, porque expone que no todos los cuerpos ni todas las identidades se sienten representadas en la marcha "oficial", y porque cuestiona la idea de que el avance en derechos se logra únicamente a través de la institucionalidad.
¿Es problemático que existan dos formas de marchar? Sí, en la medida en que evidencia una fractura. Pero más problemático aún es fingir que esa fractura no existe. La diversidad que el movimiento dice defender también implica aceptar y escuchar diferencias políticas, estratégicas y éticas.
El desafío no es eliminar la diferencia, sino aprender a convivir con ella, reconocer que hay múltiples formas de hacer política, múltiples urgencias y múltiples maneras de habitar el Orgullo. Porque si algo ha demostrado la historia de las luchas sociales, es que el conflicto, cuando es político y no meramente destructivo, también puede ser un motor de cambio.