Por: Anónimo | 14/09/2026
Pensar en querer morir es algo que me ha acompañado por largos años de mi vida. Muchas de las razones que pueden derivar en reflexiones de esta índole no solo se encasillan en problemas personales, trastornos psicológicos o condiciones de vida; a veces, es un cansancio inminente. ¿De qué es aquel cansancio? A veces creo que es el mundo, su ritmo inalcanzable, las personas inentendibles, el dolor, sufrimiento y pena que conlleva mantenerse vigente en esta sociedad; querer intentarlo, conocer gente mala o gente buena que simplemente se va. Ser humano, duele, duele mucho más que cualquier golpe y aun así, es parte de lo fascinante que tenemos como especie. Aún seguimos de pie, incluso con lo mucho que nos daña aguantar cada día.
Pero, ¿qué pasa cuando nuestra sociedad, y actualmente el mundo, nos empuja a un estado constante de desesperanza? Cuando un sistema que prometía darle oportunidad a cada persona para poder ser quien quisiera, que le aseguraba poder morir orgulloso de quien fue, simplemente lo abandona.
La respuesta es simple: Un penoso legado. Uno que hemos construido como raza, y el primer cimiento de lo que creo, es la mayor traición que nos hemos hecho unos a otros: construir una sociedad de suicidas.
Cada avance de la humanidad, en el sentido que fuese, nos ha traído hasta acá, ad portas de lo que es la mejor época en avances y evolución que nos podríamos haber imaginado nunca. Cambios que demoraban cientos o miles de años, tanto en ámbitos sociológicos como científicos, actualmente avanzan a pasos agigantados. Vivir el ahora es estar en una era volátil, sí, pero también asombrosa, donde los límites de lo imposible se difuminan cada vez más.
Con todo esto, lo que más ha evolucionado es nuestra conciencia; después de todo, nuestra capacidad de reflexión y crecimiento filosófico e individual presenta niveles nunca vistos. La identidad, las pasiones, los objetivos de vida, todo aquello que ha movilizado al humano a no morir en vano y dejar alguna huella, es accesible actualmente. Me gusta pensar que nacimos sin alas para soñar con volar y así, miles de años después, lograrlo a punta de esfuerzo y sobre todo pasión. Hay algo que nos mueve de forma permanente a lograr lo que nosotros creemos imposible, demostrarnos que somos capaces, y no puedo sino creer que es ahí donde se encuentra la verdadera libertad; lograr aquello que en un inicio no era posible.
Pienso esto de forma completamente genuina, y aun así, no hay día que no piense que tal vez lo más fácil sea morir. Lo veo en mí, y lo veo a mi alrededor. En quienes me
Rodean, en quienes veo caminando cabizbajos en las calles, en quienes todos los días se levantan a las 5 de la mañana para lograr ganarse el pan.
¿En qué momento dejamos de soñar para simplemente vivir para sobrevivir? “El pan se gana con esfuerzo” es lo que dicen.
¿Pero quién responde por aquellos que solo son capaces de ganarse el pan y nada más?
Es fácil llenarse la boca de que los motivos para vivir, las razones de nuestro ser, se encuentran simplemente viviendo, porque en algún momento, algo nos motivará y apasionará tanto, que será la respuesta a todo. Pero cuando todas las posibilidades están de tu lado, cuando puedes aprender de los que viven bien, cuando puedes simplemente equivocarte, con resiliencia y un esfuerzo no menor, estas respuestas pueden llegar, tarde o temprano.
Pero todos aquellos que no tienen esas posibilidades y han sido olvidados y renegados del sistema, no tienen más consuelo que vivir sin remordimientos o haber sido buenas personas.
Estamos repletos de historias así, gente común, sin muchas aspiraciones, algunos más amigables que otros, algunos que se han levantado más temprano que otros, algunos que aguantaron más o menos dolor; todos somos protagonistas de nuestras propias tragedias. Y aun con ello, si llegan a morir por causas naturales, no pueden sino decir un simple “No estuvo mal del todo”.
Me gusta preguntarme si acaso hubieran tenido todas las posibilidades del mundo a su alrededor, el entorno favorable y la gente correcta, tal vez hubieran muerto con otra frase. O en resumidas cuentas, ¿qué pasaría si todas aquellas personas hubieran tenido los recursos monetarios suficientes para haber invertido en su propia vida y crecimiento personal?
Por cada miles de personas en el mundo que mueren sin haber podido lograr una sola vez su verdadero crecimiento personal y felicidad, hay al menos un único individuo que podrá dar un discurso de lo hermoso y grande que es el mundo.
Nos han abandonado, han capitalizado hasta el último apartado de nuestra vida. Pasamos años consumiendo y viendo historias de miserias, de personas que sufrieron mil y una tragedias y aun así dejaron una huella, pero esto solo nos ha servido para romantizar nuestra situación, que no solo se encasilla en un problema de falta de oportunidades y recursos en una sociedad tan injusta como la nuestra.
Sino que nos ha normalizado el vivir así. Y justamente aquello, vivir sin motivo, es una línea que como sociedad hace rato que cruzamos, y ya ha alcanzado su límite.
Nadie debería morir fuera de causas naturales; no hay motivo tan grande ni razón tan noble para que una persona deje sin un integrante a alguna familia, deje a alguien sin algún amigo o a una mascota sin un dueño; no hay motivo para dejar este mundo. Y aun así, cada día más gente muere porque simplemente está cansada. Cansada de saber que no hay motivos para vivir, porque en el mejor de los casos, solo habrá sobrevivido de mejor manera hasta su lecho de muerte.
Es simplemente injusto. Injusto que haya afuera, un porcentaje ínfimo de la población, solo deseándolo, pueda conseguir un motivo para vivir, pueda equivocarse, pueda intentarlo las veces que sean necesarias de todas las formas posibles hasta estar satisfecho con su vida de forma completamente plena. Injusto que esto ocurra, cuando todo el resto del mundo sabe que nunca podrá aspirar a eso.
No se trata de cuántas personas, con los suficientes recursos, hubieran podido cambiar el mundo; se trata de cuántas de ellas, al morir, podrían haber alcanzado la mejor versión de sí mismas, de poder sonreír justo antes de morir.
¿Es acaso resentimiento, envidia y algo de odio, desear aunque sea por un instante haber podido ser aquellos que pueden ser ellos mismos en su mejor versión? Lamentablemente para mí, así lo es.
Pero no me retracto de mi postura, es mi mayor verdad y me la llevaré conmigo a todas partes.
No quiero que suene este texto como una sentencia personal, como una carta antes de matarme o condenar a todo el resto de las personas comunes como yo que no somos del 1% más rico.
Pero qué agradable habría sido, aunque sea por un momento, saber que puedo encontrar mi verdadero porqué de vivir. Tal como dijo Emil Cioran, es un inconveniente haber nacido.