Por: Antonio Lima | 17/08/2026
Durante el último discurso del presidente Allende, a pesar de la infausta situación que se estaba desarrollando que lo terminaría por convertir en mártir, nunca perdió la fe, con la moneda bombardeada y la democracia al borde de la guillotina sabía que el destino que se avecinaba no era el final de la historia. Y en efecto, Chile recuperó sus instituciones, sin embargo y tras décadas de cambios y transformaciones sociales, hoy Chile es gobernado por la extrema derecha con mayorías que hacen que la izquierda tenga las manos atadas.
En las últimas elecciones la izquierda chilena sufrió uno de los peores —si es que no el peor— de sus reveses desde el retorno a la democracia. Nunca habíamos quedado tan expuestos al criterio —o, en nuestras circunstancias, al descriterio— del gobierno en turno ¿Cómo llegamos a esto? ¿En qué momento la ciudadanía abandonó su fe en nosotros? La respuesta a esto debe sustentarse en un exhaustivo proceso de autocrítica interna y sinceridad de los partidos progresistas de nuestro país. Sin embargo, siempre existe la oportunidad de aportar, así como también de discutir para lograr renovarnos haciéndonos más fuertes con el objeto de poder hacerle frente a los retrocesos que determinado sector político de nuestro país quiere instaurar en desmedro de las grandes mayorías sociales.
La explicación a nuestra situación actual es multifactorial —no podría ser de otra manera— pero no es difícil dilucidar que se debe, en gran parte, a la falta de un plan que le dé soluciones a los problemas que enfrenta, en efecto, la gran mayoría social de nuestro país. Esto, en ningún caso significa que debamos optar por medidas irresponsables de corte populista, sino que significa que debemos optar por un plan país, uno que vuelva a atender y subsanar las problemáticas contemporáneas como la seguridad, la vivienda, el sobreendeudamiento y el empleo. Debemos ofrecer soluciones para aquellas problemáticas desde la izquierda, con un programa de izquierdas. La falta de este plan que se traduce en debilidad ha servido para que fuerzas que se hacen llamar «del pueblo» conquisten los espacios mayoritarios, relegándonos a una realidad de nicho.
Nuestro nicho ideológico nos puede servir para sobrevivir, mas no para gobernar. Pero gobernar es el objetivo de cualquier fuerza política y para lograrlo debemos de crecer y fortalecernos. Para ello, debemos de ir a pelear afuera de nuestra zona de confort porque solo así podremos aspirar a construir mayorías, porque si de algo hemos pecado —o se piensa que hemos pecado— ha sido de abandonar al chileno de a pie, el que se levanta todas las mañanas a trabajar, el que quiere trabajar y no halla empleo. Nos hemos olvidado de las familias que subsisten en base al crédito. En definitiva, nos olvidamos de las realidades más cotidianas de nuestro país.
Esto representa una gran misión, la cual es reconectar con la realidad de las familias chilenas que se han visto reflejadas y representadas en otros discursos que —claramente— no son los nuestros. Estas otras narrativas están usualmente basadas en la demagogia y ofrecen —descaradamente— soluciones aparentemente fáciles que terminan por socavar nuestra democracia, nuestra institucionalidad y que finalmente no resuelven ningún problema sustancial de nuestra población. Por ello lo más importante no es el porcentaje que saquemos en la próxima elección, sino que lo usemos para proteger nuestras instituciones y democracia, y también para ofrecerle un proyecto profesional, sensato y coherente a nuestro país.
Asimismo, debemos demostrarles a las familias chilenas que volvimos para hacer crecer a nuestro país, con redistribución, equidad y progreso. Porque no podemos permitir que se diga que la izquierda no hace crecer a las naciones, porque debemos devolver la esperanza con planes concretos, sólidos y sustentables que puedan mirar al pueblo de Chile y brindarle la esperanza de un porvenir mejor, porque no es aceptable que nuestros compatriotas hayan dejado de soñar por carecer de las condiciones materiales para ello.
Esto significa un trabajo arduo y un desafío para poder reconectar con la ciudadanía, así como también el optimizar nuestras prioridades. Pero si queremos recuperar nuestras grandes alamedas —que son nuestras y de todos los chilenos—, si queremos volver a ser representativos, si queremos soñar con un país más justo, hemos de realizar este duro trabajo, que se traduce en llegar a la mayor cantidad posible de personas, por ejemplo, mediante el fortalecimiento de nuestra presencia en redes sociales sobre todo para atraer a la juventud. Pero tampoco hay que olvidar que la realidad de Chile jamás se hallará —al menos en gran porción— en las redes, sino que esta yace en las poblaciones, en las juntas de vecinos, en las ferias, en los clubes deportivos y sociales, entre otros tantos sitios donde se vive el país del día a día.
En esto la voz del presidente Allende sigue resonando y dice: «Mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». Nuestro deber está ahí, debemos de construir una sociedad mejor para que otras personas libres puedan seguir construyendo un futuro aún más brillante.