Por: Antonio Lima | 28/09/2026
Identificarse como persona de centroizquierda se ha tornado bastante complejo porque se ha relacionado casi de manera inexorable con ser «amarillo», dígase ceder en los propios principios que se debiesen considerar como fundamentales o también negociar cosas inaceptables por pensar que negociar es bueno per se. Esta categorización nos ha afectado sobre todo a los que tenemos fuertes raíces y afinidad por la centroizquierda, aquella que se preocupa de la población, del progreso, de ser fuente de consensos, pero jamás a cualquier costo. En base a esto, presento la denominación de extrema centroizquierda no solo como una defensa arraigada a los principios morales y prácticos fundantes del sector, sino también como un acto de justicia tanto general como personal hacia los compañeros que se han visto atrapados en esta feroz narrativa de lo que significa ser o no ser de centroizquierda.
En nuestro país, hoy por hoy, la centroizquierda se ve atacada tanto interna como externamente, desde la derecha se nos presenta como subyugados por la izquierda, mientras que para este último sector no somos —tan— de izquierda como ellos. Mientras que desde nuestro propio sector aparecen voces que, a partir de —aparentemente— la buena fe o voluntad, quieren negociar con la derecha los retrocesos sociales, los beneficios tributarios a los más ricos, con todas las falencias técnicas que además puedan tener estas iniciativas, casi como si fuera obligatorio hacerlo, como si tuviéramos un deber para con el gobierno. Esto no significa que no haya que dialogar, significa justamente dialogar, pero con límites éticos establecidos, porque si hay algo que no debemos hacer es negociar vendiendo nuestros principios a cambio de unas palmaditas en la espalda por ganar la designación de ser «cooperativos», sobre todo considerando quiénes son nuestros interlocutores en los días corrientes.
De aquí nace la concepción de ser de extrema centroizquierda, porque no tenemos una pistola en la sien como para negociar de manera insensata con la extrema derecha, no hay que olvidar que tenemos planes propios, parlamentarios propios y sobre todo una ciudadanía a la que nos debemos, así como también tenemos que defender y propugnar nuestros nobles principios. No tenemos una pistola en la cabeza porque —en definitiva— somos dueños de una ideología que podemos y debemos resguardar. Esto que menciono puede sonar de sentido común, hasta que se introduce el concepto del pragmatismo, al cual la «centroizquierda» recurre para defender las negociaciones a todo costo, sin embargo, no debiese de ser tolerable su invocación cada vez que algún parlamentario le tapiza el suelo al gobierno, ya que —y aquí hay que ser tajante— el pragmatismo tiene límites y estos se encuentran justamente cuando se transgreden los valores fundamentales del sector.
Cabe también mencionar que tampoco deberíamos de dejarnos llevar por las corrientes más ultras de la izquierda, en parte por las mismas razones que respectan a defender un proyecto propio, al igual que diferenciarnos de forma legítima en ciertos aspectos valóricos que debemos establecer como intransables.
En tanto, ¿qué significa ser de extrema centroizquierda? Se trataría en primer lugar de separar el «amarillismo» de la centroizquierda, puesto que, ser de centroizquierda no se debería identificar con la facilidad de transar los principios fundantes, porque el diálogo se debe de hacer con grandes arsenales ideológicos para que haya debates de buena élite, no con la cabeza gacha diciendo que sí a cambio de migajas. Significa también tener una fuerte base tanto filosófica como valórica, porque sustentarnos esencialmente en el pragmatismo solo nos llevará al descrédito social y a un abismo de difícil salida, ya que la gente solo verá a nuestros parlamentarios como bienes transferibles votación tras votación. Ser de extrema centroizquierda también conlleva un compromiso intransable con la democracia, así como también con la planificación y realización de un Chile más justo, con más progreso, con más equidad y en última instancia, un Chile más feliz.
Nadie dice que esta diferenciación vaya a ser fácil o que no vaya a tener costos, pero si queremos que la gente vea en nosotros personas comprometidas, honradas y con un proyecto país propio, debemos de adoptar esta decisión.
Solo me queda decir, piense si es que es de extrema centroizquierda y, si es así, alégrese de serlo.