Por: Amanda Catalina Contreras Cruz | 24/08/2026
Nos dijeron durante décadas que la política dura y “verdadera” se hacía en grandes asambleas, repletas de personas poderosas, con discursos firmes, encendidos y con una disputa incansable y frívola por el poder. Pero, si ponemos atención, las transformaciones más profundas y duraderas no comienzan en estrados, sino en un aula de clases: donde los niños comparten sus cosas, intercambian sus colaciones y se tienden la mano los unos a los otros aun si caen.
En estos gestos cotidianos y casi invisibles habita una feminidad insurgente y una ternura que la política vieja y tradicional no supo nombrar hasta el día de hoy: la certeza de que nadie se salva solo.
Enseñar el compañerismo desde el hogar o la sala de clases no es solo un ejercicio pedagógico o de crianza, no es un adorno en la vida de nuestros niños ni tampoco relleno en los manuales de convivencia escolar. Nos educaron en un modelo que intenta constantemente transmitir a nuestros niños y niñas que la vida es una carrera en solitario, donde el éxito propio significa el rezago del otro. Desmantelar esa pedagogía de la competencia y la ley del más fuerte es la tarea más urgente. Ya lo decía la profesora y orgullosa militante socialista Carmen Lazo al recordar que el verdadero compromiso nace en el afecto compartido y no en el dogma frío: cuando le enseñamos a una criatura que su alegría y su dolor están atados a los de sus compañeros, sembramos la semilla de una sociedad justa.
Otro referente de la ternura y la prosa popular era Víctor Jara, que no solo cantaba líricas sobre las luchas campesinas y obreras, sino que implícitamente nos mostraba desde lo abstracto y la música que existe una ternura tan simple y modesta como el andar juntos: la infancia con su libertad desvergonzada, el compartir el pan, la vida como un afecto colectivo con aquellos que nos rodean. La memoria de Víctor nos recuerda que la belleza y el canto no son adornos de la revolución, sino su propio corazón.
El socialismo comprendió, dolor y memoria mediante, que el autoritarismo y el individualismo son caras de una misma moneda, y que la verdadera democracia se construye reconociendo nuestra vulnerabilidad mutua. Hoy, mujeres como Mireya Baltra nos devuelven a la piel el recuerdo de que las mujeres socialistas abrieron paso a la política con rostro humano, con una fraternidad verdadera sin consignas vacías, en su lugar el abrazo sincero entre trabajadoras, madres y pobladoras.
Hacer la revolución hoy no es una historia de héroes que trabajan en solitario, es la terquedad cotidiana de construir comunidad. Convertir el aula en un ensayo de la patria que se comprende y abraza entre sí, en la que sentimos el dolor ajeno pero también nos muevan las alegrías de nuestros pares, tomándolas como nuestras. Es la convicción de enseñar, de criar para que ninguna infancia vuelva a sentirse abandonada a su suerte, con la firmeza profunda de que la salvación es colectiva. Y es también la convicción de que el futuro sólo será posible cuando podamos volver a llamarnos, con amor, ternura y compañerismo.